Cuenta una vieja leyenda que, una vez al año, se reunían las águilas más grandes y fuertes del mundo en la cordillera del Himalaya. Viajaban largas distancias para ese encuentro que tenía un simple propósito: ver cuál era el águila que podía volar más alto. Era una antigua tradición entre las águilas y, cada año, la ganadora tenía el privilegio de compartir con el resto de las participantes las claves que la habían llevado a triunfar en el concurso, para así ayudar a todas las águilas a mejorar su técnica de vuelo.
Esas aves, bellas y majestuosas, procedían de los cinco continentes y venían encontrándose temporada tras temporada, y cada vez era una de ellas, casi siempre alguna de las más jóvenes o fuertes, la que ganaba. Pero aquel año sucedió algo inesperado: al concurso se presentó en el último momento un águila vieja, muy viejecita y escuálida. Todas las participantes se sorprendieron cuando vieron que su camarada optaba a tan difícil victoria teniendo en cuenta que todas ellas eran jóvenes y fuertes y estaban en plena forma.
Entre risas y bromas, sus compañeras trataron de desanimarla para que desistiera de su intento: era evidente para todas que su edad, su menor tamaño y su delgadez le impedirían batir las alas para lograr siquiera una posición decente en el resultado final.
La vieja águila escuchó los argumentos de sus atléticas compañeras con paciencia, pero sin decir ni pío.
Llegado el momento, el juez del concurso, un enorme buitre moteado famoso por ser el ave que volaba más alto en el mundo, superando los once mil metros de altitud, abrió las alas para indicar que podían comenzar a ascender. Una tras otra, las águilas desplegaron las alas y las batieron con todas sus fuerzas para elevarse casi en vertical, como una flecha lanzada por el más fuerte de los arqueros, con rapidez fulgurante.
Cien metros hacia arriba, doscientos, quinientos, mil metros, dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil metros… Algunas mantenían el ritmo, y otras se dejaban caer planeando, agotadas. Solo dos de ellas llegaron a los seis mil metros de altura.
De pronto, todas vieron ascender lentamente, pero con firmeza, a la vieja águila, que, en lugar de batir las alas enérgicamente, las tenía plácidamente desplegadas y ascendía realizando enormes círculos, impulsada por las corrientes de aire caliente, las térmicas, que la elevaban entre las enormes y preciosas montañas nevadas del Himalaya. Con su técnica tranquila y elegante, superó en altura a sus dos compañeras y siguió elevándose hacia los siete mil metros de altura.
Las águilas más jóvenes, fuertes pero pesadas, no conocían la técnica que les habría permitido imitar a la que, sin duda, sería la ganadora de ese año.
Se sabía que el águila vencedora del año anterior había logrado llegar a los siete mil metros. Eso sí: exhausta, agotada y sin aliento. Sin embargo, para el asombro de todos, la vieja campeona superó de largo esa cifra: llegó nada menos que a los ocho mil metros de altitud, simplemente dejándose llevar por unas corrientes de aire infinitamente más potentes que la fuerza que podían generar las alas más enérgicas.
No hubo duda, y el juez así lo certificó: la vieja águila, ligera de peso, experimentada y humilde, llegó, con diferencia, a lo más alto sin apenas desgaste físico y disfrutando del vuelo y del concurso como ninguna otra de sus compañeras estresadas, crispadas y agotadas.
La victoria fue reconocida por unanimidad y con una amplia ovación del resto de sus compañeras. Las burlas y la incredulidad iniciales dieron paso a un reconocimiento lleno de respeto y de admiración. Era el momento de que todas escucharan a la nueva ganadora, quien, con su paciencia, sabiduría y experiencia, les reveló el secreto para volar más alto que nunca y apenas sin esfuerzo: reconociendo humildemente que la fuerza principal para elevarse venía del mismo viento al que trataban de dominar.