En la orilla de una quebrada vivía una rana muy pretenciosa que se ufanaba de ser el animal más grande del lugar. Una mañana se acercó un buey a beber un poco de agua de la quebrada y la rana se sorprendió al ver su tamaño.
Esta lo miró de arriba abajo y se dijo:
—¡Qué animal tan grande! Pero si yo me inflo un poco, puedo verme tan grande como él.
El buey se puso a pastar al pie de la quebrada sin prestarle mucha atención a la presuntuosa rana, que comenzó a hincharse cuanto pudo. Cuando no le cabía más aire en sus pulmones, les preguntó a las otras ranas si se veía más grande que el buey.
Las ranas se rieron un poco y le respondieron:
—Claro que no. Te falta hincharte un poco más para alcanzar su tamaño.
Dicho y hecho. La rana se hinchó con mucho esfuerzo otro poco y, en verdad, parecía mucho más grande que antes. Así que de nuevo les preguntó a las demás si se veía tan grande como el buey.
Ellas se echaron a reír otra vez y le dijeron que no, que le faltaba muchísimo para verse como el buey.
La rana, que era más terca que una mula y no quería desistir del intento, con un último y gran esfuerzo se infló todavía más. Pero se hinchó tanto que reventó y ¡todas las ranas de la quebrada saltaron al agua del susto!